No recuerdo exactamente cuándo ocurrió.
En qué fotografía.
En qué gesto.
En qué pausa.
Sólo recuerdo el momento en que dejé de mirar a una mujer y empecé a ver una vida.
Entonces apareció el problema.
La cámara ya no era suficiente.
Porque una fotografía puede contener un rostro.
Puede contener una mano.
Puede contener una mirada.
Pero no puede contener todo lo que una persona ha tenido que atravesar para llegar a ser quien es.
Y sin embargo ahí estaba.
Frente a mí.
No intentando impresionar.
No intentando ser extraordinaria.
Simplemente siendo. Esto fue el regalo.
Y eso resultó mucho más raro.
Mucho más bello. Casi inexplicable.
Mucho más difícil de fotografiar. Porque es algo que no se con la vista.
Por eso esta serie me deja una sensación extraña.
No porque sea perfecta.
No porque sea mi mejor trabajo. Aparte que siempre me extra exijo.
Sino porque me recuerda algo que con frecuencia olvido:
que cada persona que pasa frente a la cámara es un universo completo al que apenas se nos permite asomarnos.
Y qué honor tan inmenso cuando alguien abre la puerta.
Entonces me pude asomar un instante a ver. A verte.

